—Usted no tendrá veinte duros, ¿verdad? —preguntó bruscamente Boncamí sin levantar los ojos de la taza humeante.

—¡Hombre, no!

—¡Claro! ¡Cualquiera tiene veinte duros! Pero tendrá usted diez, o cinco, o dos o uno...

—Tengo tres.

—¿Puede usted prestármelos hasta fin de mes? Así ya no tendré que buscar más que diecisiete. Gracias, Gener, muchas gracias; me hace usted un gran favor.

Y a continuación le explicó detalladamente para qué los quería. Tenía que hacer un retrato, un gran retrato, y no disponía de una peseta para comprar lienzos ni pinturas. No le fiaban ya en ninguna tienda y no se atrevía a pedir dinero adelantado, tanto para no inspirar desconfianzas, cuanto porque estaba seguro de que si hubieran conocido su precaria situación, se habrían aprovechado de ella para pagarle menos. Menudo tío era quien le había encargado la obra. Ulzurrun, el banquero, un retrato de su querida Rose d’Ivern, una cocotte ya jamona...

—Los conozco. Estaban anoche en el baile.

—Ha sido un contrato muy célebre. Hemos regateado como si fueran judías. Yo pedí mil quinientas pesetas, él me ofreció ochocientas, subió él, bajé yo, y tira de aquí y aumenta de allá, hemos quedado en mil ciento veinticinco, a condición de que yo tengo que poner el marco. ¡Ah!, y de que no lo admite si no está parecido.

—Eso ya me parece más grave.

—A mí no, es lo que menos me preocupa. El retrato será bueno.