Había tal convicción en estas palabras, que Luis no se atrevió a insistir por miedo de ofender su dignidad.
—Sí, por Dios, será un buen retrato. Casualmente tenía yo deseos de hacer un buen retrato, un retrato a lo Velázquez o a lo Van Dyck. Y Rose se presta para ello, tiene una cabeza admirable.
Después le explanó sus proyectos. Con las mil pesetas que, poco más o menos, le quedarían libres, se trasladaría a un estudio más amplio, compraría un gran lienzo y empezaría un cuadro, una obra grande para la Exposición, donde estaba seguro de triunfar. Un cuadro que va a dejar a todo el mundo así —y extendía la mano en el aire, a la altura de su rodillas—. Luego se marcharía a París, a trabajar y a hacer dinero. En Madrid no se podía vivir. ¡Qué gana, qué gana tenía de perderle de vista!
—Créame usted que siento profundo desprecio por mi patria, por las dos, por la chica y por la grande. La primera es un puñado de burgueses ensoberbecidos. ¿La segunda? Tenían razón los que la tachaban de nación moribunda. Sí, la España aventurera y gloriosa de otros tiempos había dado de sí todo lo que podía. No debía esperarse nada de ella, nada, ni energías, ni gloria, ni trabajo, ni regeneración. ¿Se había hecho algo por conseguirlo después de la catástrofe? Nada; todo seguía igual, es decir, peor. La política, campo de ambiciones y envidias; el arte, convertido en comercio; la industria, viviendo de viles imitaciones; la aristocracia, anémica; el pueblo, inculto; la clase media postrándose a los pies del becerro de oro, subyugada por el lujo, por la ostentación y la apariencia, la lucha diaria del quiero y no puedo; y como consecuencia de todo esto, los negocios de mala fe, el agio en todas su manifestaciones, el soborno, el chanchullo, las quiebras, las deudas, las ruinas inesperadas... ¿Y todo por qué? Por esta atmósfera de holgazanería que pesa sobre todos nosotros y nos impide alzar un dedo para trabajar. ¡Ah, la holgazanería, la tremenda enfermedad nacional, más espantosa y más terrible que todas las epidemias juntas, enfermedad crónica que todos padecemos, ricos y pobres, artistas y burgueses!
Luis, arrellanado en el diván, le escuchaba sonriendo. Era delicioso y entretenido este Boncamí. Él, impávido, seguía hablando, exaltándose poco a poco sin darse cuenta.
—En todas las manifestaciones del arte y de la ciencia marchábamos a la cola de los pueblos cultos. ¿Dónde estaban nuestros hombres, dónde estaban nuestros genios? En poesía nadie había llenado aún el vacío que dejaran Zorrilla y Campoamor. En el teatro, el género chico acababa sin esfuerzos con los efectismos del grande. De filosofía no hablemos, no había un solo filósofo. En música teníamos que contentarnos con el talento sin inspiración de Bretón, y la inspiración sin talento de Chapí. El único literato, Valera, no trabajaba. Palacio trabajaba poco. Galdós, el gran Galdós, el inmenso Galdós, fracasado en sus últimas novelas Nazarín, Halma y, sobre todo, en Misericordia, había tenido que recurrir por cuarta vez a sus Episodios nacionales. Solo en pintura marchábamos medianamente, medianamente nada más, porque si bien es cierto que en dibujo y colorido había verdaderos maestros, carecían de ideas, y los pocos que las tenían no sabían pintar. Era muy curioso lo que había sucedido con la pintura. Toda ella giraba alrededor de tres o cuatro ideas fundamentales. El Olimpo nos dio tema para millones de obras. El cristianismo nos inundó de vírgenes y santos. Agotada la religión y la mitología, los pintores buscaron sus asuntos en César Cantú. Efectistas ante todo, no vimos por todas partes más que crímenes, asesinatos, batallas y demás barbaridades por el estilo. Hoy dicen que los asuntos históricos están gastados, y ahí tiene usted a los pintores con los pinceles secos sin saber qué hacer. Las luchas del socialismo han abierto un pequeño campo, las del anarquismo vendrán también y desaparecerán en seguida porque las tendencias en arte viven únicamente lo que vive el inventor. Aquí, la mayoría se ha concretado a emborracharse de color y de luz. ¿Y sabe usted por qué? Pues porque nuestros pintores carecen de ideas, porque no piensan, porque creen que para hacer una obra de arte basta con saber dibujo y colorido, con copiar fielmente la naturaleza. Y no es eso, no, ¡canastos!; para crear una obra de arte no basta con copiar la naturaleza, no basta mirarla, es necesario verla, sentirla y al trasladarla al lienzo darle un sello de personalidad, algo de vida. Dios con ser Dios, cuando creó al hombre, le dio un pedazo de su propia alma. Una puesta de sol, una marina, un campo de trigo que brilla como el oro a los ardientes rayos de un sol de julio, unos marineros cosiendo una vela, pueden ser cosas muy bonitas, no cabe duda, pero que nada expresan. Es necesario más, algo más. Nuestro público ya no se contenta con sentir, necesita sentir y pensar; por eso no le gusta la música italiana, por eso no lee la novela romántica, por eso no quiere el efectismo en el teatro, por eso desprecia el impresionismo en la pintura. Ideas, faltan ideas, faltan energías, falta vida, ya que la vida al fin y al cabo solo es una lucha de fuerzas. Antes, para conquistar la gloria, bastaba con sacrificar un corazón; hoy es necesario arrojar un cerebro... Sí, ya sé que estas ideas no son las de usted; que usted cree precisamente todo lo contrario. Usted funda el arte en la exageración de la sensibilidad, en la sensación intensa que emociona y pasa; yo en la vida que queda. Usted quiere que triunfe el sentimiento, y yo que venza la razón. ¿Cuál de los dos está en lo firme? Quizá los dos..., quizá ninguno.
Boncamí calló un momento. Mínguez le aprovechó para acercarse a la mesa y saludarle.
—Siéntese usted —le dijo el pintor—; ¿por qué no ha venido usted antes?
—Como los veía a ustedes tan..., tan animados, y no sabía de qué trataban...
—Usted siempre tan correcto... Pues, nada, hablábamos de arte. Le decía a este amigo mío, don Luis Gener, don Federico Mínguez —exclamó presentándolos—, que nuestros pintores carecen de cultura y de ideas y que por eso sus obras son tan malas. Sí, muy malas, muy malas. —Y de nuevo se desató en tremendas diatribas contra los pobres pintores—. «No hay nada nuevo, todo está gastado». Desde Salomón acá, y yo creo que mucho antes, no se oye en el mundo otra cosa: Todo es viejo, todo está gastado. ¡Mentira! el arte es eternamente nuevo; nosotros somos los viejos, nuestros cerebros los gastados. Sí, amigos míos, hay asuntos, sobran asuntos; lo que sucede es que hay que buscarlos, que trabajar, que pensar, ¡qué demonio!, no se va a encontrar un asunto a la vuelta de cada esquina. Yo lo que les aconsejo a ustedes es que si algún día hacen algo, lo hagan grande, no se empequeñezcan. Una pirámide vale tanto como una Venus. Y, sobre todo, inspírense en la realidad, siempre en la realidad; la gran maestra. Dos medios hay de llegar a la cumbre: uno volando como el águila, otro arrastrándose como el gusano. Yo, ¡qué quieren ustedes!, elijo el primero, porque, aun en el caso de no llegar, prefiero estrellarme contra las rocas del camino, que morir aplastado por las patas de un burro.