El sol se había retirado de las policromas vidrieras empañando los mármoles, desluciendo los techos, amortiguando los dorados, haciendo más negras las estatuas que, como esfinges mudas se erguían rígidas e inmóviles bajos los macizos candelabros, fundiendo en un solo todos los matices, mientras que allá en el fondo, en los saloncitos interiores, las luces eléctricas, encendidas ya, arrancaban tonos brillantes de los capiteles y del artesonado.
—¿Trabaja usted mucho ahora? —preguntó Boncamí a Mínguez.
—Sí, bastante. Dentro de unos días me iré a Barcelona. Vamos a empezar una activa campaña de propaganda por todo el litoral. —Y les relató minuciosos detalles de lo que proyectaban, mítines, reuniones...—. Hay que trabajar mucho, mucho...
—Tenga usted cuidado. A ver si le meten en la cárcel.
Mínguez se encogió de hombros.
¡Bah! ¡Qué más daba! Si le prendían a él, otros se encargarían de proseguir la tarea. Es lo bueno que tienen las ideas cuando son justas y grandes: aunque los hombres desaparezcan, ellas quedan siempre. Y siguió relatando sus proyectos. Conforme iba hablando, la aversión que en un principio sintiera Luis por él, se transformaba en simpatía. Aquel hombre era sincero, no cabía duda; le había calificado bien Boncamí cuando le llamó alma primitiva y espíritu sencillo. Creía muy convencido en el triunfo de la santa causa y daba por bien empleados cuantas persecuciones y atropellos sufría que no eran pocos.
—Ahí está Bedmar —interrumpió Boncamí señalando la puerta.
—¡Eh, Antoñito! —agregó Luis poniéndose de pie y llamándole.
Antoñito Bedmar se aproximó a la mesa tarda y pesadamente.
—¡Hola, muchachos! ¿cómo estáis? ¿Y Manolo?