—No ha venido. Cualquiera sabe dónde está ese.

—Lo siento, quería verle. Vengo rendido. Pedrosa y Cañete me han llevado a Recoletos a ver las máscaras. ¡Qué barbaridad! ¡Cuánta gente! Me he mareado. Traigo una sed abrasadora. Paco, una copa de coñac.

Se sentó en una silla y con el codo apoyado en la mesa y la cara en la mano se quedó mirando a la muchedumbre que como sombras chinescas pasaba tras las ventanas de colores.

Poco después llegaron Cañete, Pedrosa y Paco Gaitán, un estudiante de medicina, alumno interno del Hospital Provincial, muy ocurrente y muy gracioso.

—Pero, hombre, ¿dónde te has metido? —le preguntaron a Bedmar—. Te hemos estado buscando por todo el paseo.

—Y hemos registrado todas las tabernas de los contornos.

—No sé; yo os perdí de vista en seguida.

—Pues no sabes tú lo hermoso que estaba aquello.

Y los tres, interrumpiéndose, objetándose, confirmándose y contradiciéndose, relataron con colores vivos la fiesta del pueblo. Estaba el paseo muy hermoso, sí por cierto, hermosísimo. Ningún año se había derrochado más confetti ni lanzado más serpentinas.

—Pues ¿y mujeres? Estoy seguro —decía Gaitán— que hoy no se ha quedado una bonita en casa.