—Ni una —recalcaba Cañete.

—Es que no hay mujer que parezca fea con los dichosos papelillos. Hay que ver cómo les sientan esos colorines en el pelo.

—Y máscaras, ¿qué tal?

—Pocas; desde que se ha hecho costumbre arrojar confetti, es sabido que disminuyen las máscaras. Es natural. Con la excusa de los papelitos se toca y se soba y se tienta a las muchachas, lo cual hay que convenir que es mucho más entretenido y mucho más agradable. Yo, por mi parte, puedo aseguraros que me he gastado cuatro pesetas en ellos.

—Y yo tres.

—Y yo siete.

A pesar de su corrección, Mínguez no pudo ocultar un gesto de desagrado. Luis lo notó y se echó a reír interiormente al comprender lo que el otro estaba pensando: seguramente el número de panecillos que se podrían comprar con el dinero gastado aquel día en los redondelitos de papel.

—¡Qué quiere usted! —le dijo—; esta es la vida. Unos mucho y otros nada.

—Sí, esta es la vida —contestó Mínguez sombríamente, y dejó caer la cabeza sobre el pecho.

Bedmar, con la mejilla siempre apoyada en la mano y el codo en la mesa, contemplaba en silencio su copa de coñac, indiferente a la conversación. Boncamí se había llevado a Gaitán al extremo de la mesa y le hablaba en voz baja. Gaitán le dio dos duros. Después, con igual fortuna, repitió la suerte con Cañete y Pedrosa. Con Bedmar y Mínguez no lo intentó siquiera. ¿Para qué? estaba seguro de que ninguno de los dos tenía un cuarto.