—¿Y esa revista? —preguntó Luis a Cañete—, ¿cuándo se estrena?
—El martes. Mañana por la tarde es el ensayo general. Supongo que no faltarás, ¿eh?
—De ningún modo.
Era completamente de noche. El café estaba casi vacío.
—¿Vámonos? —dijo Boncamí—. Hace demasiado calor. Me duele la cabeza.
—Sí, vámonos, vámonos —contestaron todos levántandose, excepto Bedmar, que continuó en la silla sin cambiar de postura.
En la puerta del café se detuvieron un instante. A lo lejos, al final de la calle de Alcalá, avanzaban balanceándose enormes masas negras coronadas de vivos resplandores.
—Son las carrozas, las carrozas.
Venían solemnes, majestuosas. Las luces y bengalas que en los costados ardían, incendiaban las fachadas con ígneos tonos de esmeralda y púrpura. Verdes y rojas eran también las nubes que flotaban sobre ellas, las piedras sobre que lentas rodaban y hasta las caras y ropajes de las personas que conducían. Primero pasó una arrastrada por cuatro bueyes con gualdrapas amarillas y los cuernos dorados. Era un campo de rubias espigas en medio de las cuales unas cuantas muchachas agitaban sus capuchones de amapola. Detrás marchaba una obra de albañilería, una casa en construcción, con máscaras vestidas con blusas y pantalones blancos. Después otra figurando una cesta de frutas, luego otra y otra, todas solemnes, majestuosas, balanceándose gallardas como navíos de combate, incendiando las altas fachadas con sus bengalas de esmeralda y púrpura, dejando tras sí una espesa humareda, pestilente olor de pólvora quemada.