Al oír el estrépito, y, más que nada, la ruda interjección de Luis, Boncamí volvió la cabeza.

—¡Eh, cuidado, hombre; que se va usted a lastimar! ¿Qué demonios ha hecho usted?

—Nada, que he metido el pie no sé dónde.

—En un bastidor; lo ha roto usted.

—Creo que sí y por poco más me rompo la cabeza.

—¿Quieren ustedes hacer el favor de callarse? —gritó una voz aguardentosa desde el escenario—. Así no hay ensayo posible. Voy a prohibir terminantemente la entrada. ¡Esto es insoportable!

Los dos amigos, conteniendo la risa a duras penas, volvieron sobre sus pasos y se refugiaron en el ángulo oscuro, detrás del bastidor, desde donde siguieron observando.

—¿Ve usted a Perico?

—Sí, allí está sentado con Cañete, pero cualquiera le llama ahora. Ese animal de Bermúdez sería capaz de echarnos a la calle.

—¿Y qué hacemos?