—¿Qué quiere usted que hagamos...? Esperar.
En la escena el ensayo continuaba. Elena Samper, con el velillo del sombrero recogido en la frente, recitaba monótona, jugando distraída con su boa de piel:
Y últimamente a ti, ¿qué te se importa?
Bermúdez, delante de ella, sin mirarla, continuó:
—No me digas que tú eres madrileña,
Ni que en las venas te circula sangre,
Ni que tienes decoro ni vergüenza...
—Oiga usted —interrumpió de pronto mirando a Castro—. Repito lo que dije ayer; esta escena me pesa mucho. Es preciso cortarla.
Castro se levantó indignado, agitando los brazos en el aire con descompasados movimientos:
—¡Pues no la corto, ea, no me da la gana! He dicho que no la corto, y no la corto. La escena está así bien.