Bermúdez se encogió de hombros.

—Bueno, pues si la patean que la pateen. La culpa la tengo yo por meterme a dar consejos. Después de todo, a mí...

—Eso —interrumpió Elena con cómica entonación—. Últimamente, a ti ¿qué te se importa?

La ocurrencia fue muy celebrada. Todos los presentes, incluso Castro, se echaron a reír.

—Bueno, bueno —exclamó Bermúdez algo amostazado—; estamos perdiendo tiempo; se nos viene la tarde encima. ¿Qué ensayamos ahora? Yo creo que la letra está ya sabida.

—¡Pche!

—Pasemos a la música. ¿Quieren ustedes que ensayemos el dúo?

—Sí, sí, el dúo —dijo a su vez Cañete levantándose también de la silla—. Vamos a ver si sale mejor que ayer. Ayer fue una calamidad. Pero, ¿dónde demonios está la orquesta? ¿Dónde están esos músicos? ¡Eh, maestro! ¡Maestroooo!

Aprovechando la confusión, Gener y Boncamí abandonaron su escondrijo y entraron resueltamente en el escenario. Castro les salió al encuentro.

—Hombre, me alegro muchísimo verte —exclamó dirigiéndose a Luis y tendiéndole la mano—. Precisamente te iba a escribir esta noche citándote. Tengo que hablarte de un asunto de importancia. Mira, haz el favor de bajar a las butacas y esperarme allí; yo iré en seguida, en cuanto termine este lío. Estoy loco, muchachos. Hoy debía haber sido el ensayo general, y ya veis. ¡Os digo que estoy ya más harto! ¡Me están dando unas tentaciones de retirar la obra y mandarlos a todos a escardar cebollinos!