La figura escuálida de Filiberto Pons, el director de orquesta, se destacó por el pasillo de butacas.

—¿Quién me llamaba? —preguntó con su voz gangosa, elevando las inmensas narices por encima de la batería.

—Yo, maestro. ¿Podríamos ensayar el dúo?

—Todo lo que ustedes quieran. A ver —añadió sentándose en el sillón y palmoteando furiosamente—. ¡Caballeros, a trabajar!

Elena se había dejado caer sobre una silla y charlaba en voz baja con Avelino Suárez, el colaborador de Cañete, un músico nuevo en quien se tenía grandes esperanzas. El hombre rompía su primera lanza con esta obra, y a pesar de los ánimos y alientos que sinceramente le daba todo el mundo, permanecía arrinconado sin atreverse a hablar. Únicamente cuando Elena, tratando de halagarle, le dijo sonriendo: «La música de usted es preciosa, maestro; hacía tiempo que no cantaba yo nada tan bonito», el hombre protestó indignado.

—Ah, ¿pero usted cree sinceramente que esta música es buena? ¿Usted cree que yo me he molestado en hacer música buena para Eslava? Pues está usted en un error. El día que yo haga música buena, crea usted que no será seguramente para Eslava ni para una revista, no por Dios, no.

Estaba magnífico, con sus redondos lentes montados triunfalmente en las narices y su negra melena despeinada.

—Vamos maestro, ni tanto ni tan calvo; demasiado sabe usted que el dúo es bonito.

—Bonito..., ¡pche!..., pase lo de bonito. Delicadillo, tierno, pegajoso..., chantilly y huevos hilados, créame usted.

Bermúdez paseaba a grandes zancadas con las manos metidas en los bolsillos de su enorme gabán. En uno de estos paseos tropezó con Antonio Bedmar, que entraba en aquel momento, y cogiéndole bruscamente de un brazo, le dijo al oído con tono misterioso: «¿Ha visto usted en la vida una obra peor que esta? ¡Menuda pateadura nos van a dar!». Bedmar, por toda contestación, se encogió de hombros y siguió andando, buscando con sus ojos miopes a Elenita Samper. En un principio pensó saludarla; pero viéndola tan entretenida con Suárez, a quien no trataba personalmente, cambió de parecer y fue a sentarse al lado de Pedrosa, que en el ángulo oscuro, casi pegado al telón de fondo, repartía amablemente a varias coristas el contenido de dos cafeteras abolladas.