—Hombre, llegas a tiempo de echar un sorbo; únicamente que como no hay más vasos, tendrás que tomarlo en la cafetera.

Los músicos, sentados ya delante de los atriles, afinaban los instrumentos. Todas las conversaciones cesaron. Elenita se levantó y fue a colocarse al lado de Bermúdez. Luis y Boncamí se despidieron de Castro.

—Te esperamos en las butacas, ¿eh?

—Sí, sí, allá iré yo en seguida. Pero ¿dónde vais? Bajad por aquí, por la orquesta; ¿qué necesidad tenéis de dar rodeos?

El dúo comenzó. A las primeras notas, Gener y Boncamí se miraron con extrañeza.

—¡Caramba! ¿Sabe usted que esto es muy bonito?

—Muy bonito.

Y acomodándose en la butaca escucharon con atención. Era un dúo delicado y tierno, de corte finísimo, primorosamente instrumentado con arpegios de violín y trinos de flauta que se deshacían en el aire como blandos suspiros; una música dulce, quejumbrosa, con cadencias de sollozos...

—¡Lástima de música para ese pato de Bermúdez!

—En efecto; en cambio, Elena...