—Sí, ella está bien, canta bien esa chica.
El dúo concluía con una nota larga, perezosa que se iba apagando lentamente, tristemente como un eco vago.
—¡Bravo! ¡Muy bien! ¡Muy bien, maestro!
Todo el mundo felicitó a Suárez y a Elena. Únicamente Bermúdez se permitió hacer observaciones.
—Sí, el dúo es bonito, muy bonito, solo que...
—¿Qué?
—Que no acaba.
—¿Cómo que no acaba? —preguntó Suárez, sorprendido, empinándose como un gallo y afianzándose los lentes—. ¿Cómo que no acaba? ¿Qué quiere usted decir?
—Pues, eso; que no acaba.
Suárez giró sobre sus talones, cogió la partitura y presentándola a Bermúdez le dijo tranquilamente, sin alterarse lo más mínimo: