—¿Ve usted esta nota? Pues aquí empieza el dúo. ¿Ve usted esta otra? Pues aquí acaba. ¿Ve usted cómo sí acaba?
—Bermúdez quiere decir... —intervino Elenita.
—Sí, ya sé lo que quiere decir, que falta un calderón, ¿no es eso? Pues bien, yo creo que no falta, y por eso no lo pongo.
Cañete intervino también. ¿Qué inconveniente había, después de todo, en reformar el dúo? Tenía razón Bermúdez; resultaba un poco lánguido. ¿Por qué no terminar con un efecto? Al fin y al cabo, ¿no es lo que gusta al público?
—Oye, ¿a ti te gustan las ostras?
—Hombre, sí —contestó Cañete, desconcertado por aquella pregunta extemporánea.
—Bueno, pues a mí no —y volviéndole la espalda sin más explicaciones, se sentó de nuevo en la silla.
El ensayo continuó.
Luis, en tanto, explicaba a Boncamí la historia de Suárez. Era gallego. Pensionado en un principio por la Diputación de Orense y abandonado más tarde a sus propios esfuerzos, pudo terminar la carrera en Madrid a fuerza de constancia y sacrificios, ayudándose con lecciones particulares y entreteniendo por las noches con valses y polquitas a los parroquianos del café de San Millán. Allí le descubrió Pedrosa un día en que...
No pudo continuar porque Castro, aproximándose a ellos, le interrumpió: