—Aquí me tienes. Vamos a hablar. No se vaya usted, hombre —agregó reteniendo a Boncamí, que había hecho discretamente ademán de marcharse—. No es ningún secreto, y aunque lo fuera, ¡caramba!, usted siempre podría oírlo. Se trata de lo siguiente: Sánchez Cortina tiene el propósito de fundar un periódico, un gran periódico rotativo, a la moderna, un periódico de lucha y de batalla; muchas noticias, mucha información, mucha independencia, en fin, un gran periódico. Dentro de veinte días se montarán las máquinas, una Marinoni encargada expresamente, y una americana, monísima, de lance, una maravilla que suelta treinta mil ejemplares por hora a tiro forzado. Se quiere que el periódico salga inmediatamente. Yo tengo el encargo de ir buscando bajo cuerda el personal de redacción, y, como es natural, me he acordado en seguida de ti. Supongo que serás de los nuestros.
Luis quedó pensativo.
—Hombre, te diré... —exclamó sorprendido por lo brusco de la proposición—, te diré.
Y como en el momento no se le ocurría decir nada, sacó la petaca, ofreció a cada uno un cigarro, lió él otro, le encendió pausadamente y como hombre que ha tenido ya tiempo de reflexionar, prosiguió:
—Mira, puesto que la cosa después de todo no es inmediata, te agradeceré que me dejes un par de días para pensarlo. La verdad, no me seduce el periodismo. Me revienta la política, me cansa la información, me molesta esa literatura chabacana y grosera hecha de prisa, bajo el apremio del tiempo y de la columna, con ideas ajenas y pensamientos prestados, ese diario trabajo anónimo que no deshonra, pero que embrutece, no te quepa duda, embrutece. Empieza uno por escribir de buena fe, y concluye por convertirse en máquina de sueltos y noticias.
—Hombre, no, eso les pasa solo a los imbéciles. Además, si no te gusta el reporterismo ni la política, puedes dedicarte a otras cosas, por ejemplo, críticas teatrales, crónicas literarias, en fin, lo que tú quieras. Yo creo que con eso no pierdes nada, al contrario. ¡Qué demonio!, siempre es conveniente mover la firma en un gran rotativo. ¡Quién sabe si el día de mañana te será esto útil! Porque hay que tener en cuenta que si el periodismo, como fin, es en España una estupidez, como medio no hay otro mejor. ¡Cuántos adoquines se han elevado sobre sus columnas! ¡Cuántos cerebros huecos se han visto glorificados gracias a los bombos de la prensa!
Boncamí, moviendo la cabeza, asentía en silencio; Luis continuaba pensativo.
—No sé, no sé..., veremos.
En la escena el ensayo continuaba. Las coristas extendidas en abanico delante de Bermúdez, cantaban al unísono balanceando las caderas y moviendo los brazos a compás, como muñecos de resorte. Los demás actores charlaban en voz baja esperando su turno.
Castro insistió todavía.