—Creo que es una ligereza no aceptar; una ligereza de la cual puedes arrepentirte. Es muy difícil que vuelva a presentarse una ocasión tan bonita como esta. Un gran rotativo no se encuentra todos los días. ¡Cuántos muchachos que valen se darían con un canto en los pechos por escribir en él, aun cuando fuera gratis: sí, aun cuando fuera gratis...!
Boncamí era de la misma opinión.
—Indudablemente debe usted aceptar. En todo caso, siempre hay tiempo para dejarlo si no conviene. Aunque yo creo que sí conviene. Hay que trabajar, hay que darse a conocer, que salir de esta atonía, que procurar ser algo... Un hombre debe tener aspiraciones.
Luis no acababa de decidirse.
—No sé, no sé..., veremos...
—Bueno, pues mira, piénsalo —dijo Castro, molesto por tanta terquedad, levantándose de la butaca. Boncamí hizo lo mismo.
—Oiga usted, Castro, un momento; yo también tengo que hablarle a usted.
Enlazose a su brazo y ambos echaron a andar por el pasillo de butacas.
Luis quedó solo. La proposición de Castro le preocupaba. Por un lado, como antes dijera, el periodismo no le seducía. Le encontraba humillante y agotador. Por otro, la idea de tener una tribuna donde exponer libremente sus tendencias le encantaba; un sitio donde desfogar a sus anchas todo el odio que sentía contra los miserables detractores del arte, contra los imbéciles que le falsean, contra los mercachifles que le venden, contra los burgueses que le compran, contra los canallas que le prostituyen, contra todos los que a su costa viven, convirtiéndole en materia de lucro y especulación y escarnio y befa. Sí, eso sí, eso lo haría gustoso. Una crítica fría, razonada, libre de prejuicios y ajena de amistades. Pero esto, ¿podría hacerse? ¿Le asegurarían para ello la suficiente independencia? ¿No vendrían después el director y los accionistas y los mismos compañeros con imposiciones exigentes y molestas recomendaciones? Si era así, renunciaba desde luego. O una absoluta libertad, o nada.
La inesperada presencia de Manolo Ruiz sacole bruscamente de sus meditaciones.