—Para mí da lo mismo.
—En fin, allá tú. Yo lo que te digo y te repito es que no me parece digno ni decoroso el ir constantemente con esta clase de mujeres.
—¡Bah! ¡Qué quieres! Son las más prácticas. Mira, chico, te voy a ser franco. Yo tengo un temperamento muy especial; no puedo pasarme diez días sin una mujer, y en cuanto la encuentro, no me puedo pasar diez minutos sin idealizarla. Yo tengo la desgracia de idealizar cuanto me rodea. Pues bien; estas mujeres, como tú dices, son las que menos peligro ofrecen a un hombre, porque, como son viles amasijos de carne, la idealización no se realiza nunca; en cuanto te ilusionas un poquito, ¡paf!, viene un jarro de agua y te quedas más fresco que una lechuga. ¿Comprendes?
Luis calló. Él, temiendo que no le hubiera comprendido, redobló sus argumentos.
—Las mujeres honradas tienen muchísimos peligros: el primero de todos, enamorarte; un hombre enamorado es un hombre al agua, porque, ¿qué vas a hacer si te enamoras de una mujer honrada? Casarte, no te queda otro camino. ¡Casarte! ¿Tú sabes lo que en la vida moderna significa esto? ¡Demonio!, pues ahí es nada; casarse, atender a otro, cuando a duras penas puede uno atender a sí mismo. Bueno, y si no te casas, peor; tus relaciones se convierten en el suplicio de Tántalo. Aparte de que con ello no resuelves nada, porque el gran problema, el problema sexual, continúa en pie. ¿Que no te casas y seduces a la chica? Eso es una canallada. Eso sí que lo considero yo infame, ¿ves tú? Y no te quiero hablar de los disgustos con los padres, y con los hermanos, y con tu familia, con todo el mundo. Y mucho menos lo que te ocurre si un día te cansas de esa mujer y quieres dejarla. ¡Te has caído! No te la quitas de en medio ni a tres tirones. Ya puedes decir que te ha salido un grano vitalicio; no hay ungüento que le seque ni cirujano que le extirpe. No hay nada más insoportable que una mujer honrada cuando se enamora, ¡créemelo! No quiero nada con mujeres honradas. No, ¡por Dios!, nada.
Luis le escuchaba sonriendo.
—Hay que convenir, Manolo, en que tienes muchísima gracia.
—¿Gracia? No lo creas; te estoy hablando con el corazón en la mano.
—Toma, pues por eso precisamente tienes gracia.
Los dos amigos callaron un momento. La orquesta preludiaba un vals, un vals flexible, truhanesco, desvergonzado, con alegres escalas que sonaban a risas y notas que parecían retintineo de cristales.