Elena Samper, encantadora, con el velillo recogido en la frente, cantaba:
Anda, chiquilla; anda, chiquilla,
descorcha esa botella de manzanilla.
—¡Qué monísima es esa criatura!, ¿verdad?
—¡Deliciosa! —contestó Manolo, y en seguida, como dominado por una idea fija, preguntó bruscamente:
—Oye, ¿por qué no te arreglas tú con Amalia?
—¿Yo? Porque no tengo dinero para sostener una mujer.
—¡Qué gracioso! Yo tampoco —y reclinándose en la butaca y bajando la voz, le expuso el procedimiento para conseguirla, tratando de convencerle—. Es una chiquilla preciosa; tengo la seguridad de que ha de gustarte; es simpatiquísima. Está deseando tener un amante. Yo creo que os entenderíais en seguida. He hablado del asunto con Petrita, y Petrita está dispuesta a prepararte el terreno cuando tú quieras.
Luis, moviendo la cabeza, decía a todo que no.
—Pues mira, es una lástima, porque íbamos a pasar, los cuatro, ratos deliciosísimos. Pero ¿por qué no quieres, vamos a ver? —agregó intentando todavía convencerle—. A mí no me vengas con remilgos ni con hipocresías. Después de todo, no sería esta la primera: acuérdate de Isabelilla.