EL MODELO.—Si usted lo desea, adoptaré la pose.

LORENZA.—¡No! Espere a las demás señoritas. Se molestarían si se empezara sin ellas.

EL MODELO.—¡Oh! ¡No tienen prisa...! ¡Con tal de que las vean en el «Metro» con la caja de colores ya están contentas...! (Desdeñoso.) Esto es jugar a ser artistas..., esto es gana de perder el tiempo. Entre todas ellas, usted es la única formal.

LORENZA (ufana).—¡Es usted muy amable, Cornu...! Yo quiero llegar...

EL MODELO.—¡Usted llegará...! Posee la obstinación, que es una cualidad muy hermosa. Además, tiene usted dinero. ¡Y esto ayuda siempre...!

LORENZA.—¿Quién le ha dicho que tengo dinero...?

EL MODELO.—He oído que el patrón decía al señor Joaquín Pont-Dugard: «Querido maestro: atienda mucho a la señorita White. Es la hija de White-Petrole. Conviene que obtenga este año una mención en los Artistas franceses.» Y Joaquín le respondió: «¡No se preocupe usted...! ¡La tendrá...!» Y agregó: «Es muy rica, ¿verdad?» A lo cual le contestó el patrón: «¡Ya lo creo! ¡Es más rica que Berta Morizot...!»

LORENZA.—¡Caramba! ¡Qué bien enterados están estos señores...!

EL MODELO.—¡Bah! Son unos vivos que saben lo que se traen entre manos. Usted lleva aquí poco tiempo. Aguarde algo más y le tenderán la red de la lección particular.

LORENZA.—¿Qué lección...?