EL MODELO.—¡Verá usted...! El buen Joaquín es presidente del Jurado en el salón de Artistas. Le aconsejará que acuda a la Exposición; usted irá a trabajar a su casa, a razón de cien francos diarios; mediante lo cual él le retocará el pandero.

LORENZA.—¿El pandero...?

EL MODELO.—¡Quiero decir el cuadro...! En el año próximo, si desea usted una medalla, tendrá que encargar su retrato al maestro; esto sólo cuesta veinte mil francos. Pero os pintará de pie delante del caballete. Ha hecho ya unos veinte del mismo modo. Así logró tener su hotelito en Auteuil. ¡Y pensar que Monticelli vendía sus cuadros a diez francos cada uno en las terrazas de los cafés de Marsella...! ¡Qué lástima...!

LORENZA.—¡Sí...! ¡Da grima...! Sin embargo, yo tengo la intención de imponerme como artista. Y la señorita Cassatt, que era rica, trabajó como si fuera pobre. ¡Pongamos mano a la obra...!

EL MODELO (subiéndose a la mesa).—¡Muy bien, señorita White! ¡Y no se deje usted engatusar por estos tíos sinvergüenzas! (Adopta la pose y se apoya noblemente en el mango de una escoba.) ¿Estoy bien?

LORENZA.—¡Sí!

Trabaja con encarnizamiento; poco a poco van llegando las demás señoritas con sus cajas de colores. Llega la señorita Elsa Metra, apodada «¡Esperémosle!», muchacha desabrida y bastante clorótica. Luego llega la señorita Inés Perrée, hija única de la Casa Perrée, de pastas al por mayor; es una morenita muy inquieta, más bonita que fea. Viene después la señorita Raquel Caen-Duseigneur, hija del famoso anticuario—una Juno—; la señorita Teresa Kiry, elegíaca y pensativa, y, por último, la morralla de las discípulas, Juana Aymar, Julieta Capulet, las hermanas Agata y Sofía Fruche, etc. La sala se llena pronto de piar de pajarillos y de risas aflautadas. La señorita White es la única que trabaja.

ELSA.—¡Naturalmente...! ¡Lorenza está ya acabando...!

INÉS.—¡Lo hubiera apostado...! ¡Tiene horas suplementarias...!

RAQUEL.—Ella nos da el ejemplo. ¡Buenos días, White...!