CIRILO.—¡Ah...! ¿Se dedica usted a los negocios?

LEONIE.—¿A qué negocios...?

CIRILO.—Yo creía... Acabo de ver en la puerta una placa comercial...

LEONIE (retorciéndose de risa).—¡Ah...! ¡Es verdad...! ¡No te dije lo que hacía...!

CIRILO (asombrado por este tuteo repentino).—¡En efecto...! ¡Y temí ser indiscreto si le pedía algunos detalles...!

LEONIE.—Y como tú no me los pedías, yo no te los di. Además, me disgustaba que supieras lo que hacía... ¿Qué habrías pensado de tu madrina si ésta te hubiera escrito: «Estoy empleada en casa de la señora Boel, una amable mujer que recibe desde las ocho de la noche hasta las tres de la madrugada a los caballeros que buscan un alma hermana metidita en carnes...?» Habrías dicho para tus adentros: «¡Es una perdida...!» Y no me hubieras contestado más. Esto me habría apesadumbrado, porque te llegué a tomar cariño. Aquí, en la casa, mis compañeras me gastaban bromas: «¡Ya está Leo escribiendo a su galán...!» «¡No le habléis...! ¡Es sagrado...!» ¡Y tenían razón! Te escribía todas las noches, después del yantar, y si me hubiesen molestado, me habría vuelto loca de rabia...

CIRILO (turbado).—No tengo por qué censurarla, señora. Por el contrario, le debo un gran reconocimiento. Esperaba sus cartas todas las mañanas con una impaciencia de la que no puede usted tener idea. ¡Eran tan compasivas y tan conmovidas...! Se las leía a mis compañeros de trinchera y luego a mis camaradas de ocupación en Maguncia. Todo el mundo me envidiaba; los amigos que partían con permiso me pedían la dirección de usted con el pretexto de traerle noticias mías. ¡Y yo no quería dárselas...!

LEONIE.—¿Tenías celos?

CIRILO.—¡No...! Pero los soldados que pasaron en las primeras líneas los meses más rudos conservaron la rudeza de su precaria existencia. No saben hablar a las mujeres, y alguno hubiera podido agraviarla...

LEONIE.—¡Bah! ¡Figúrate tú...! ¡Precisamente en mi oficio...!