CIRILO.—Desconocía su oficio, como usted dice. Suponía que usted era el ama de gobierno de una señora anciana... su lectora...

LEONIE (soñadora).—Por esto y nada más que por esto hubiera querido esperarte en la estación y llevarte conmigo por ahí. ¿Te avergüenzas de mí...?

CIRILO (sincero).—¡Oh! No tengo derecho a juzgarla. ¡Ya ve usted...! Yo no había pensado siquiera en buscar madrina...

LEONIE (asombrada).—¿Es posible...? Entonces el anuncio de la Vida Parisiense...

CIRILO.—Era una broma que mis compañeros me habían gastado sin que yo lo supiera. Cuando usted me escribió, su carta me pareció tan bonita, que contesté. De esta manera comenzó nuestra correspondencia. Yo la estimulé; advertía en usted una criatura delicada y maltratada por la vida. Nos comprendimos.

LEONIE.—¡Oh! ¡Te aseguro que te había comprendido...! ¡Eras tan atento y tan dulce...! Cuando tenía algún pesar, me consolabas con las palabras necesarias. Será una estupidez, pero llegué a enamorarme de ti... ¿No te disgusta que te lo confiese...?

CIRILO (confuso).—¡Sin duda está usted de buen humor...!

LEONIE.—¡Hablo muy en serio...! Tú no eres como los demás; tú tienes carácter. Cuando una persona es un grosero, no escribe cosas tan bellas. Por esta causa, yo había trazado mis proyectos para el porvenir: «En cuanto vuelva, saldré a su encuentro. Nos juntaremos; nos iremos a provincias, a su lindo país de Gascogne, donde estaré bien escondida. Me encargaré del cuidado de su casa. Le ayudaré; seré su abnegada compañera, su esclava, y le amaré tanto que acabará por ser dichoso...» Todas las noches me dormía pensando en ti y rezaba también por ti... ¡Porque sabrás que tengo sentimientos religiosos...!

CIRILO (conmovido).—¿De manera que pensaba usted en mí de este modo...?

LEONIE.—¡Sí...! No lo tomes a broma. Estoy segura de haberte preservado de algunos peligros.