CIRILO.—¡Qué extraño...!

LEONIE.—¡Ah...! ¡Comprendido...! Eres como todos los compañeros... ¡No tienes fe...!

CIRILO.—¡Al contrario...! ¡Tengo mucha...!

LEONIE (interrumpiéndole).—¡Más vale así...! ¡Te aseguro que no miento...! Es inútil decirte que no he sido muy feliz. Estaba de maestra de instrucción primaria en un pueblecillo del centro. Conocí al hijo del alcalde. ¡Tenía que suceder así! En un pueblecillo de provincias se aburre una. Pasa un buen mozo, bien puesto, que se dedica a perseguirnos. ¡Y se acaba por ceder...! Luego, el seductor os deja plantada con dos niños que se parieron en secreto y que se confiaron a una nodriza... Entonces ya no se sabe a qué santo encomendarse... No basta el sueldo... Y hay que hacerse prostituta, aunque no se tengan ganas de ello...

CIRILO (cogiéndole las manos).—¡Pobrecita mía...!

LEONIE.—Afortunadamente, di con la señora Boel, que se portó muy bien conmigo. A esta casa vienen solamente personas distinguidas, que no tienen maneras brutales y que pagan convenientemente. ¡Qué diantre...! ¡Son como parroquianos...! La casa está habitada por familias burguesas. Ninguno de los inquilinos sospecha que haya aquí una casa de citas. Jamás se da un escándalo; las mujeres no se extralimitan en nada; nunca hemos tenido disgustos con la Policía. Pero me estoy charla que charla y no me acuerdo de que hablemos de ti.

CIRILO.—¡Bah! ¡Yo no soy interesante...!

LEONIE.—¿Por qué...? Vas a ser desmovilizado y debes preocuparte del porvenir...

CIRILO.—Volveré en seguida a mi antigua profesión...

LEONIE.—¡Tan joven y ya tienes una profesión...!