CIRILO.—¡Sí...!

LEONIE.—¿Y a qué te dedicabas cuando eras paisano...? ¡Nada... nada...! ¡Tienes que contestarme...! Yo te he referido toda mi vida y tú debes ser también franco conmigo... De lo contrario, me imaginaré que tienes un oficio del que te avergüenzas...

CIRILO (confuso).—No es ésta precisamente la razón que me impide confesárselo a usted...

LEONIE.—A pesar de mi profesión, yo, hijo mío, soy una buena muchacha... ¡Es que no tienes confianza con tu madrina...!

CIRILO (vacilante).—¡Va usted a tomar a mal que no se lo haya avisado antes...! He sido un cobarde. Yo pensé: «¡Si me descubro, no me escribirá con tanta franqueza...!» Además, hubiera usted dejado de enviarme las golosinas y los obsequios, que yo repartía entre mis compañeros. ¡Fuí muy culpable y ahora sufro el castigo de mi disimulo...!

LEONIE (impaciente).—¡Acabarás por desesperarme! ¿Qué ocultas en tu existencia...? ¿Acuñas moneda falsa...? ¿Te dedicas a la trata de blancas...? ¿Eres diputado...? ¡Contéstame...!

CIRILO.—¡Soy cura...!

LEONIE (estupefacta).—¿Eh...? ¿Que tú... que usted es sacerdote...?

CIRILO.—Antes de la guerra estaba de cura ecónomo en Saint-Sacernien-Haute-Garonne. Senté plaza para mientras durase la guerra, como mis compañeros. ¡Veinticuatro meses disfrazado! Luego me hirieron en Bouchavesnes; después entré en aviación. ¡Y aquí estoy...! No me guarde usted rencor por esta tardía confesión, puesto que usted misma la ha provocado. Yo hubiera querido salir de esta casa dejando a usted ignorante de mi condición. La veo consternada y pronta a llorar...

LEONIE.—No me faltan motivos para ello... Ahora va usted a detestarme...