CIRILO.—Soy tan amigo de usted como antes. En cualquier tiempo, nuestra misión fué toda de indulgencia. Pero la guerra ha venido a confirmarla; cuando se vió lo que yo he visto, siéntese uno incapaz de severidad, si no es para consigo mismo. Aunque hubiera sabido quién era usted, no habría dejado de venir.

LEONIE.—¡Es usted demasiado bueno, caballero...! Me consuela lo mejor que puede. Si yo lo hubiera sabido, jamás me hubiera atrevido a escribirle...

CIRILO.—Lo importante para la nobleza de nuestros actos es la intención, no la persona. Yo he conservado sus queridas cartas y las releeré cuando dude de la bondad de los humanos. No me avergüenza la ternura que contienen; usted ha puesto en ellas lo mejor de su corazón. Y si no ve usted inconveniente en ello, le ruego que continúe esta correspondencia.

LEONIE.—¡Cómo...! ¡Ya, en lo sucesivo, es imposible...!

CIRILO (sonriente).—¿Por qué no se atreverá usted a dirigirse a un ministro de la religión, mientras que, en cambio, charlaba libremente con el «peludo» Bauquet? ¡Pues es una tontería, mi querida amiga...! Allá lejos, como ayer, cumpliré con mi obligación y necesitaré de alguien que me dé ánimos. Además, ¿qué sería de usted si no tuviera ya la ayuda moral que mis pobres cartas le proporcionaban...?

LEONIE.—¡Yo pensaba escribir a un hombre, caballero...! Me había forjado ciertas ideas...

CIRILO (sonriente).—¿Acaso el sacerdote no es un hombre...? Ninguno, entre mis hermanos, se atrevería a censurarme en este instante. Tengo una deuda de agradecimiento para con usted, y quiero saldarla. Pude apreciarla en todo su valor, mi querida amiga; un alma como la suya no está completamente perdida. Usted puede redimirse de sus faltas, si hay falta en ello.

LEONIE (vaga).—¡Cierto...! ¡Pero ya no me las pagarán...!

CIRILO.—Usted puede ganarse la vida en otro oficio más... ¿cómo decirlo...? más catalogado... Es usted inteligente e instruída; le recuerdo sus propias palabras: usted pensaba convertirse en la esposa de un desmovilizado...

LEONIE.—¡En la suya...!