CIRILO.—Yo le encontraré una colocación decente lejos de París. Allí, si usted lo desea, podrá aislarse del pasado y olvidar lo que ha sufrido. Se convertirá de nuevo en un ser libre.
LEONIE.—Todo eso es muy bonito, pero irrealizable. Si usted hubiera sido un ahijado como todos los demás, hubiéramos podido entendernos. Usted hubiese encontrado en mí una criada sumisa y pronta a embellecerle todos los minutos de la vida. Hay que renunciar a ello; vuelvo a caer en mi miseria...
CIRILO.—¿Por qué no intenta usted siquiera un esfuerzo...?
LEONIE.—Le repito que no resulta práctico. Ejerzo una profesión que no es de las más regocijadas; hay en ella momentos desagradables... ¡Pero no sirvo mas que para esto...! La costumbre nos hace indiferentes a todas las náuseas... Sea como fuere, tengo el pan seguro para mí y para mis hijos. Usted me ha ofrecido buenos consejos, que, por desgracia, llegaron un poco tarde.
CIRILO.—¡Nunca es demasiado tarde...! La Magdalena... Santa María Egipcíaca...
LEONIE.—¡Siempre mencionan a éstas...! Son el orgullo de la corporación. Tuvieron suerte, y nada más. En nuestro oficio, para ser perdonadas, hay que hacer antes fortuna. Después se compra un castillo y se vuelve una decente.
CIRILO.—¡Usted leyó eso en las novelas...!
LEONIE.—¡De ningún modo...! Conozco a señoras respetables que principiaron como yo, pero que supieron administrarse y ahorraron dinero. Se casaron y entraron en el buen camino.
CIRILO.—No pierdo la esperanza de hacer que usted entre también en él; pero por medios más sencillos. (Levantándose.) ¡Ea! Ya es tarde y tengo que hacer un montón de cosas... Mi querida madrina: cuando no lleve este uniforme me será muy difícil visitarla. Además, abandonaré raras veces mi puesto. Prométame que me escribirá, que me permitirá continuar por carta la obra de su rehabilitación...
LEONIE (triste).—¡Se lo prometo, caballero...! No me servirá de mucho... En fin, podemos probar a ver... Lo acompañaré hasta la puerta...