XIII
CURSO DE AMOR

La señorita Dora Lazique está prometida; debe casarse con el hijo de la firma Lardant-Edward (coches automóviles). Ama mucho a su próximo compañero de existencia. Agreguemos que carece de fortuna y que, por consiguiente, su matrimonio es un matrimonio de amor. Reconócese un matrimonio de amor en que el novio aporta la fortuna y adopta el régimen de la comunidad: a esto se reduce el heroísmo del paladín moderno; puede arrepentirse de su gallardía más tarde, a la hora del divorcio. La señorita Dora acaba de saber por un anónimo que su prometido conserva un hilo atado a la pata; es decir, que este joven no ha liquidado su pasado. En esto, lo mismo que en otras debilidades, parécese a muchos jovencillos del Tercer Estado, que no tienen valor para romper y conservan a sus queridas hasta más allá del matrimonio; de suerte que el adulterio es concomitante de los esponsales, y continúa después de los primeros meses del enlace. Habría que formular cosas definitivas referentes a este problema, pero no tenemos tiempo. Ahora bien; la señorita Dora, al recibir el anónimo, no se ha espantado ni ha intentado torturar a su prometido exigiéndole que se lo confiese todo. Ha releído la carta sin firma: «Su prometido tiene una querida, que vive en la calle Molitor, número 26, y que se gana la vida dando lecciones de arte industrial; se llama Julia Duval. Trátase de una buena muchacha, víctima de un impostor. Si usted tuviese vergüenza...»; etc. Dora piensa que la vergüenza parece el nombre de una piel; no ha perdido la serenidad un solo instante; decide presentarse en la calle Molitor y ver a la señorita que fué la buena amiga de su futuro. Parte, pues, acompañada de su aya, a la que pone de centinela delante del 26 de la calle Molitor. Luego sube a casa de la señorita Duval, que vive en un sexto piso; llama, y sale a abrirle una señora anciana.

DORA.—¿La señorita Duval...?

LA SEÑORA.—¡Aquí es...! ¿Viene usted a propósito de las lecciones...?

DORA.—Estoy de paso en París y querría adquirir algunas nociones de pirograbado. (Alargándole una tarjeta.) Soy la señora Stowe, de Chicago.

LA SEÑORA.—Voy a avisar a mi hija.

Sale y deja a la señorita Dora en este recibimiento, que adornan unas acuarelas pobremente enmarcadas y unos grabados extraños. Al cabo de algunos minutos, otra señora, menos vieja de aspecto, abre la puerta de un saloncito-estudio de apariencia muy divertida, porque se adivina que la dueña de la casa ha fabricado por sí misma todo el decorado: maderas quemadas, cueros estampados, estaños repujados, gredas adornadas y muebles de madera blanca pintados; encima de la chimenea, y en un marco espléndido, sonríe la fotografía del que fué dueño de la casa. Está pidiendo a gritos que lo abofeteen. ¡Tan satisfecho de sí mismo aparece!... La señora anuncia a una mujer con un rostro que debió ser lindo, y al que una tristeza ya lejana otorga una nobleza especial. Es Julia Duval.