JULIA.—Es usted la señora Stowe, ¿verdad?
DORA (con un acento americano bien imitado, pero que no engaña a nadie).—¡La misma! Vengo con motivo del pirograbado y del cuero.
JULIA (muy tranquila).—Estoy a sus órdenes. ¿Qué género de objetos desea usted estudiar más especialmente?
DORA (guiada por cierta presciencia).—¡Dios mío...! Los objetos de ornamentación corriente... Los que convienen a un hogar burgués...
JULIA.—¡Comprendido...! Usted tiene un marido que se interesa por las artes aplicadas y que desearía convertirla en una artesana...
DORA.—¡No! Estoy aquí sin que lo sepa. Querría darle una sorpresa, ¿me entiende?
JULIA (que ya sabe a qué atenerse).—¡Sí! Se trata de una de esas gestiones que una no se atreve a confesar a su prometido, y todavía menos a su esposo, aunque éste sea tan americano como usted y como yo.
DORA (ingenua).—¡Justo! Usted es la persona indicada para guiarme.
JULIA.—¿De veras? ¿Ha visto usted obras mías...?
DORA.—¡Naturalmente...! ¡En el Salón...!