JULIA.—Dará usted las gracias a su amiga, puesto que me proporciona una discípula tan agradable...

DORA.—En cuanto al precio...

JULIA (interrumpiéndola).—Ya hablaremos de esto más adelante. Siéntese en ese sillón, porque tenemos que decirnos muchas cosas.

DORA.—¿Usted qué sabe?

JULIA.—Hace poco tenía yo un presentimiento. Y pensaba: «Hay una señora Stowe, de Chicago, que vendrá a verme una de estas tardes para pedirme algunas lecciones. Se mostrará muy confusa, a causa de su gestión, que es un poco atrevida, y apenas llegada aquí tendrá grandes deseos de marcharse. ¡Son tan tímidas las americanas...!»

DORA (valerosa).—Se equivoca usted. No me marcharé si no me echa a la calle.

JULIA.—Me guardaré muy bien de portarme así con una persona que acude a mí con tanta cortesía. A mi edad, y en mi posición, debe una dedicarse a formar buenas discípulas, ¿verdad...?

DORA.—Eso depende de las intenciones de usted.

JULIA.—¡Oh! Voy a retirarme de los negocios después de no haber hecho fortuna. Ya no valgo para nada. Por lo tanto, le cederé muy gustosamente mis secretos. ¿Desea usted adornar la casa de su marido...? No conozco al señor Stowe; pero... (Ojeada a la fotografía.) conozco a bastantes individuos que se le parecen; tomaremos, pues, un nombre general: el del señor Stowe. ¡Además, todos los nombres se parecen...!

DORA.—Tratemos sólo del señor Stowe.