JULIA.—Es más cómodo. Vamos a ver... El señor Stowe, ¿es su marido desde hace muy pocos días...? ¿Es un buen mozo, todavía joven, de unos treinta y cinco años...?
DORA.—Así es, poco más o menos.
JULIA.—¿Y usted no sabe aún nada acerca de su carácter ni de sus gustos...?
DORA.—¡Dios mío...!
JULIA.—¡Dejemos en paz a Dios...! ¿Usted tiene empeño en ser feliz con un ciudadano al que ha aceptado a ojos cerrados...? Nada más sencillo, si usted acierta a conducirse bien. En primer lugar, ¿lo ama usted?
DORA.—¡Oh! ¡Ya lo creo...! ¡Estoy segura de ello...!
JULIA.—El, por su parte, debe amarla. Sin duda, para casarse con usted, ha sacrificado algunos afectos que estimaba en mucho.
DORA.—Lo ignoraba hasta hace poco.
JULIA.—¡Bueno! Desde luego hay que contar con que es un hombre formado para la vida del hogar. No se trata de un bohemio. Necesita sus comidas a una hora fija y sus... diversiones están previstas de antemano. Usted es bastante joven para él y acaso toma el matrimonio como una liberación de la vida de familia. El, en cambio, entra un poco más en ella. ¡Mucho cuidado! De aquí provienen las primeras discrepancias. Las primeras horas de toda unión son las más difíciles. Si en ellas sobreviene el choque, ¡se acabó!... No caiga usted en el exceso contrario y no sea una fregatriz. Con una poca costumbre, llegará usted a discernir los días en que hay que ser una compañera de fiesta y aquellos en que hay que resignarse a no ser mas que una esposa. Apuesto a que el señor Stowe es uno de estos egoístas risueños que quieren que todo el mundo sea feliz en el momento en que ellos están satisfechos de la vida, y que no toleran que nadie esté alegre si ellos están tristes. No son unos indiferentes; pero consideran al mundo con relación a su querida persona. Amanse ellos en usted, si me es lícito hablar así, y la aman a usted al través de ellos. ¡Se ha pretendido erróneamente que el amor era el egoísmo de dos personas...!