DORA.—¡Me tranquiliza usted...!

JULIA.—Los hombres no son santos; pero tienen una excusa, y es que las mujeres apenas valen más que ellos. Si se encuentran algunas mejores, entre todas, no hay que alabarlas demasiado; la bondad es para ellas un deporte o una costumbre. ¡Prosigamos...! Que la acogida de usted sea siempre risueña, como el vestido será siempre objeto de sus cuidados. Un joven autor ha consagrado una comedia a las mujeres que no se preocupan de sí mismas. En ellas les ha hecho saludables advertencias.

DORA.—No tema usted nada. Tengo una serie de deshabillés muy notables.

JULIA.—Todo no se reduce a los deshabillés. Usted debe estar siempre en plena representación delante de su marido; ha de interpretarle continuamente la comedia del descuido; en este momento es usted joven, todo marcha bien y las menores cosas le resultarán fáciles; dentro de diez años habrá perdido usted ya su brillo y ganado otros atractivos. Yo así lo espero. Sin embargo, tendrá usted que estar sobre aviso, y esta diplomacia no se improvisa. El tiempo en que la mujer está segura de sí misma dura muy poco; el tiempo en que está segura de su marido dura todavía menos. Hay que prever el minuto en que el compañero es amenazado por el demonio de la saciedad.

DORA (desconsolada).—¿Supone usted que mi marido se cansará de mí?

JULIA (amargamente).—¿No se cansó de su querida? Porque supongo que el señor Stowe habrá tenido una querida antes de su matrimonio.

DORA.—Yo también lo supongo.

JULIA.—¿Y piensa usted que esta mujer, que no hacía con él su primer experimento, y que acaso lo amaba, no habrá recurrido a todo para atraérselo y conservarlo...?

DORA.—Y, en opinión de usted, ¿por qué no lo consiguió...?

JULIA.—Porque el hombre más enamorado siente la necesidad de comprometer su dicha, aunque no sea mas que para convencerse a sí mismo de que es libre; una mujer alegre conserva raramente a su amigo, o, si usted lo prefiere, a su amante, más de siete años.