ELOY.—¡Yo lo rechacé! ¡No se ha hecho ese pan para mis dientes!
EL JUEZ.—¡Bah! ¡La cuestión es comer!
ELOY.—Fumeux separóse de mí lanzándome una mirada perversa, y me amenazó de esta suerte: «Amigo mío: ya que se empeña usted en obrar por su cuenta, veremos cómo nos las arreglamos para impedirle que triunfe.» Entonces no concedí importancia a estas palabras; sentíame orgulloso de haber rechazado los obsequios de Artajerjes.
EL JUEZ.—Todo esto no me explica...
ELOY.—¡Espere usted! A partir de aquel día, recibí extraños ofrecimientos: me proponían entrar en Consejos de Administración y patrocinar negocios comerciales. Iba a ganar miles y más miles. ¡No se me exigía trabajo alguno!
EL JUEZ.—¡Y decir que yo he buscado durante toda mi vida una ganga como esa!
ELOY.—¡Es usted una criatura! Veíase demasiado la trampa; pretendían comprometerme en un negocio puerco. ¡No iban a ir con semejantes destinos a un imbécil como yo...!
EL JUEZ.—¡Justo!
ELOY.—Sin embargo, yo no era lo suficientemente estúpido para dejarme atrapar; cuando los otros vieron que por este camino no iban a conseguir nada, ensayaron otra martingala: me mandaron a Chabornac; éste es uno de mis electores más influyentes, un encargado de café-cantante de toda mi confianza. El tal Chabornac vino a buscarme hace pocos días y me habló de esta manera: «Mi querido diputado: vengo de parte de la familia Machut para ver a Elisita Machut, que ha huído del hogar paterno a fin de debutar en un café-cantante. A estas buenas personas les disgusta tener una niña en el teatro y querrían traerla al buen camino a fuerza de puntapiés en... ¡Ya me entiende usted...! En fin, si usted quisiera, vendría conmigo al curso de Canto donde la rapaza se perfecciona; le echaríamos el guante, usted le diría buenas cosas y yo me la llevaría a Bizons. ¡Usted no puede negarme esto, que causará, además, un efecto excelente en su distrito...!» Yo no me había olido la trastada, y seguí a mi Chabornac; llevóme a lo más hondo de una callejuela, allá, por el bulevar de Estrasburgo; subimos la escalera de una casa tan nauseabunda, que usted no la hubiera encontrado digna de albergar siquiera sus canes. Al llegar al entresuelo, pasamos a una habitación sin muebles; no había en ella mas que un piano, sobre el cual manoteaba un mísero bujarrón tuberculoso; en torno suyo había una fila de mujercitas, que repetían a coro una canción necia. El profesor les tarareaba el estribillo de moda; estas desventuradas debían desgañitarse cantando en seguida aquello en los music-halls de provincias, donde son entregadas como pasto a los sargentos mayores de la guarnición. ¡Y que se tolere esto en nuestra época...!
EL JUEZ.—¡Se toleran tantas cosas...!