ELOY.—¡Qué tristeza...! ¡Valiente porquería el tal curso de Canto...! Las pobres criaturas cantaban al unísono y descubrían sus muslos con el mismo ademán. No he visto en el mundo nada más lúgubre que aquello. En la primera hilera de estas réprobas distinguimos a Elisita Machut, que se movía con más ardor que sus compañeras y que alzaba la pierna a la altura de un principal. ¡Ya le daré a usted la dirección, señor juez, para que haga cesar este escándalo!
EL JUEZ.—¡Sí..., sí...! ¡Continúe...!
ELOY.—Esperamos a que acabara esta triste exhibición; luego se adelantó Chabornac, se llevó aparte a la rapaza durante algunos minutos y después de esto me la trajo, diciéndome: «¡Aquí la tiene, señor Genvrain! Es una chica razonable, que sólo desea tornar al buen camino; vamos a llevarla a comer y usted le sermoneará lo que sea necesario...» Le juro que había tomado en serio mi papel de bienhechor; por otra parte, la tarea era fácil: la joven Elisa tenía una cara apicarada y un cuerpo delicioso y carnosito. Hubiera usted pensado que contaba por lo menos veinte años. ¡Tan hermosa y robusta parecía...!
EL JUEZ.—¡Evidentemente, usted se dejó engañar por las apariencias...!
ELOY.—Fuimos a comer al restaurante Duval para acabar nuestra conversación; el miserable Chabornac me hacía beber, mientras que yo multiplicaba los sabios consejos a la rapaza; ésta estaba sentada a mi lado; me contemplaba con sus grandes ojos y murmuraba: «¡Qué bien habla usted...! Habla como mi confesor. Estuve enamorada de mi confesor cuando hice mi primera comunión...» ¡Yo charlaba y bebía...! A los postres, Chabornac se eclipsó, como quien no hace nada, dejándome con la pilluela. Esta habíase vuelto completamente buena y me juraba que tomaría el tren del día siguiente para tornar al redil; yo sentíame feliz y orgulloso de haber realizado una buena acción; cierto que estaba a medios pelos y que consideraba al universo con indulgencia. Notaba en mí una imprevista juventud. He de advertirle que no fuí nunca joven. Ejercía el cargo de ujier en Bizons cuando mi mujer se fijó en mí. Yo no había cometido ninguna locura en esta capital de distrito. Desengañado de cuanto se relaciona con los sentidos, habíame consagrado a la política, canalizando en esta dirección todas mis aspiraciones. Mientras yo predicaba justamente la prudencia, apoderóse de mí un demonio, que experimentó un maligno placer obligándome sin decir oxte ni moxte a hacer ademanes contrarios. Pronunciaba palabras definitivas acerca del deber, en tanto que mis manos se perdían por la rolliza grupa de esta Elisa tan trémula. ¿Qué sucedió luego...? Creo recordar que la joven me condujo a un baile público y que me obligó a bailar. Debí escandalizar a los concurrentes habituales de aquel lugar, porque pronto nos plantaron en la calle. Yo era ya un pingajo. La de los Machut hizo entonces de mí lo que le dió la gana. ¿Cómo desperté en un hotelito de la calle de las Grandes Baldosas? ¿Cometí el crimen que usted me reprocha? ¡Lo ignoro! No soy mas que un pobre hombre que no puede con el vino de Champaña...
EL JUEZ.—¡Sin embargo, el flagrante delito...!
ELOY.—Yo dormía y soñaba que acababa de ser nombrado presidente de la Comisión de Presupuestos, cuando unos golpes retumbaron en la puerta; recuerdo que, medio dormido, murmuré: «¡Levántate, Julia...! ¡Es el correo!» Julia es mi mujer. Los golpes se hicieron más recios; mi compañera fué a abrir con una precipitación que me asombró. Entró un comisario, seguido de los Machut, padre e hijo, los cuales no vacilaron en compararme con el más vil de los animales. El comisario cogió mis papeles y me invitó a seguirle; Elisa lloraba y se arrojaba a los pies de su papá; yo contemplaba esta escena bíblica con un estupor ridículo. ¡De súbito lo comprendí todo! ¡Había caído en una encerrona! El traidor Chabornac había maquinado esta perfidia; necesitábase un escándalo para desacreditar al campeón de las ideas republicanas en el Bajo Saona. ¡Los Machut se habían vendido al enemigo y Chabornac me había traicionado! Me atrajeron a este hotel de tercer orden después de haber alquilado previamente la habitación. ¡Estaba perdido...!
EL JUEZ (conmovido).—Señor diputado: su relato es bastante verosímil; pero yo no puedo dejar de cursar una denuncia tan grave.
ELOY.—¡Oh! ¡No hay nada más sencillo! Anuncie a los querellantes que no me presentaré otra vez diputado si desisten de su denuncia. ¿Quieren que cante la palinodia? Pues la canto, y en paz...
EL JUEZ (perplejo).—Sin embargo, ¿y si está en juego el interés de la República?