ELOY.—¡Oh! ¡El interés de la República...! ¡Si viera usted cuán poco me importa! A mí no me preocupa mas que una cosa.

EL JUEZ.—¿Cuál?

ELOY.—¡Que mi mujer no se entere de esta historia!

EL JUEZ.—Será muy difícil ocultársela.

ELOY.—¿De veras?

EL JUEZ.—Y, además, ¿qué importaría que lo supiera?

ELOY (aterrado.)—¡Valiente ocurrencia! ¿Ignora usted que el capital es suyo?

EL JUEZ (amable).—¡Bah! ¡Acabará usted por convencerme...! Vamos a ver, mi querido diputado... Acaso hay un medio de arreglarlo todo...

ELOY.—¡No haga que me alegre sin motivo...!

EL JUEZ.—¡Usted, en fin de cuentas, es víctima de unos maestros del chantage!