XV
CURSO DE ESGRIMA

El maestro Eustaquio Bouteloup es el director de una sala de armas situada en el barrio Monceau; tres amplias estancias, adornadas con floretes, espadas, caretas y fusiles antiguos; el maestro es un hombre de estatura mediana y horriblemente musculoso; lleva puesto el peto de asalto; su rostro evoca un retrato de Velázquez; para completar la imagen, sólo le falta la gorguera... Este hombrecito es el rey de la espada y su lección pasa por infalible; no ama mas que su arte y experimenta un placer sensual manejando espadas. Desde hace treinta años ha sido confidente de todos los duelistas, lo mismo de los más listos que de los más ignorantes; solamente la guerra pudo interrumpir las consultas que el maestro Eustaquio solventaba en su pisito bajo de la calle Logelbach. Al comienzo de este diálogo, el maestro se dispone a colocar una hoja de espada en una empuñadura; deplora, en tanto que canturrea, la tristeza de estos tiempos, en que nadie se bate y en que no se concede atención al noble arte de las armas; solamente tiene como discípulos a los antiguos concurrentes a la sala, que combaten la gota o la arterioesclerosis. ¡La guerra ha matado al duelo, lo mismo que mató a la conversación! El maestro ha terminado de fijar la hoja en la empuñadura con grandes precauciones, cuando suena la campanilla de la puerta de entrada. El maestro sale a abrir e introduce a dos caballeros: uno es el señor Bill Sharp, su antiguo discípulo; otro es un joven muy pálido, muy alto, muy rubio y que no parece estar muy tranquilo.

EL SEÑOR SHARP.—Querido maestro Eustaquio: te traigo a uno de mis amigos, el señor vizconde León de Cogniot, que tiene necesidad de tus conocimientos.

EUSTAQUIO.—¡Adelante, señores! Pasen a la sala de armas; a estas horas no hay nadie todavía. (Introduce a los visitantes en el santuario.) ¡Siéntense en el diván...! ¡Bienvenido a nuestra sala, señor vizconde...! Entra usted en un salón que vió las mejores espadas de esta época. Ahí donde se sienta usted se sentaron los más famosos campeones de espada, que son discípulos míos.

EL SEÑOR SHARP.—¡El maestro Bouteloup conserva la pura tradición de la espada! ¡Todo el que recibe sus lecciones es invencible!

EL VIZCONDE (débil).—¡Acepto este augurio!

EUSTAQUIO.—¿De qué se trata...? ¿Quiere adiestrarse este caballero?

EL SEÑOR SHARP.—¡No! Mi amigo tiene que batirse en duelo dentro de algunos días...