EUSTAQUIO (sorprendido).—¡Pues no lo comprendo! ¿No está prohibido el duelo mientras dure el estado de sitio...?

EL SEÑOR SHARP.—Tienes razón, amigo mío; pero dentro de diez días volveremos al antiguo régimen merced a la ratificación del Tratado de paz, y entonces las personas decentes podrán zurrarse a su talante en el terreno. ¡En fin, ya era hora...! ¡Se iba uno enmoheciendo...!

EUSTAQUIO (radiante).—¡Gracias a Dios! Me traen ustedes una noticia estupenda, por la que les doy las gracias. Les juro que creía que mis compatriotas no tenían mas que sangre de nabo en las venas. Le prometo, señor vizconde, prepararlo con todo esmero.

EL VIZCONDE (siempre débil).—¡Muchas gracias, maestro!

EUSTAQUIO.—¡Vamos a ver de qué se trata...! A mí me gusta conocer siempre el asunto, porque debe usted comprender que si éste no me agrada lo enviaré a un compañero.

EL VIZCONDE.—Apruebo sus escrúpulos. Mi caso es de los más honrosos y estoy seguro de que usted, a su vez, aprobará mi conducta. No tengo nada de matón y desde mis más tiernos años evité las cuestiones. Yo me inclino a la conciliación.

EUSTAQUIO (severo).—¡Mal hecho! ¡Un hombre no debe dejarse pisotear por nadie...!

EL VIZCONDE.—Tiene usted razón, mi querido maestro; pero yo soy alegre por naturaleza y mis principios me apartan del duelo.

EUSTAQUIO.—Veo que no es usted deportista. Usted no tiene sangre en las venas.

EL VIZCONDE.—He jugado al tennis, que es todo lo que me permitían mis medios.