EUSTAQUIO.—¡Sí! Usted ha descuidado su educación. ¡Continúe...!

EL VIZCONDE (molesto).—¡Yo he cumplido con mi deber durante la guerra! Figuré en la sección veintidós y tengo los galones de sargento.

EL SEÑOR SHARP (confuso).—¡Adelante!

EL VIZCONDE.—Digo esto para indicar que no soy pendenciero y que no me gusta armar camorra con el prójimo.

EUSTAQUIO.—¡Estos sentimientos le honran! ¡Nunca se debe buscar camorra al prójimo! Lo que se debe hacer es aprovechar las ocasiones que éste le ofrezca a uno para romperle las narices. ¡Eso es todo!

EL VIZCONDE.—¡Usted hará de juez, caballero! Estaba yo en el cabaret de Lutecia, en compañía del señor Sharp, mi amigo, aquí presente, y de mi amiga, la señorita Amelia Migeon, conocida principalmente por el sobrenombre de Zipette; la velada deslizábase deliciosa, divirtiéndonos todos delicadamente, como personas bien educadas. Pero he aquí que viene a sentarse junto a nosotros un individuo acompañado de una especie de pellejo. No comprendo cómo admiten gente de esta calaña en el cabaret de Lutecia; la mujer hallábase en un estado de embriaguez avanzada, y el hombre apenas se encontraba mejor que ella; piden champaña, y luego se ponen a mirarnos de hito en hito a Zipette y a mí, y a comunicarse en voz baja ciertas reflexiones, que debían ser muy graciosas porque les hacían reír de una manera irritante; yo sentía que se me subía la sangre a la cabeza, y mi amiga, por su parte, se agitaba; lo cual no es buena señal en ella.

EL SEÑOR SHARP.—¿No exageró usted las cosas?

EL VIZCONDE (molesto).—No soy un niño, amigo mío, y veo claramente todo. Usted, en cambio, no ha visto nada, porque nos refería su viaje al Canadá.

EUSTAQUIO.—Le ruego que refiera pronto su historia.

EL VIZCONDE.—¡Está bien! Los vecinos persistían en su molesta actitud; en esto, mi Zipette, agotada ya su paciencia, se pone a hablar en voz alta y a gritar que había en el vasto universo personas sin educación, las cuales acabarían por recibir unas cuantas bofetadas de las personas distinguidas de la reunión.