EUSTAQUIO.—¡Ah! Esto es una provocación.

EL VIZCONDE.—¡Usted perdone! ¡Era la respuesta a una provocación!

EL SEÑOR SHARP.—¡Y dale! ¿Vas a empezar otra vez...? Los testigos han reconocido que tú eras el ofensor.

EL VIZCONDE (con amargura).—¡Los testigos son unos calabazas!

EL SEÑOR SHARP.—¡Muchas gracias! ¡Se sacrifica uno por ti para que luego lo trates de esta manera!

EL VIZCONDE.—¡Yo no he hablado de ti en particular! Ahora bien; apenas había lanzado Zipette estas aladas palabras, cuando la doncella de al lado, dirigiéndose a la concurrencia, aludió a ciertas golfantas que merecían recibir una buena azotaina; agregó que los caballeros y las señoras a quienes interesara este espectáculo no tendrían que esperar mucho tiempo para verlo. Entonces mi Zipette apostrofa a su vecina y le dice: «¡Usted perdone, señora! ¿Se dirigen a mí esas frases?» «Señora: se dirigen a los pendones en general. Pero ¡si usted quiere aplicárselas...!» «Los dichos de una prostituta no tienen importancia: por eso desdeño los suyos...» Etc., etc. Figúrese usted cómo se regocijaría la honrada reunión; esto excitaba más a las dos señoras, las cuales llegaron a emitir dudas acerca de su fidelidad para con sus amantes. Cuando los cocheros riñen, llega siempre un momento en que los golpes van a dar sobre los clientes. Lo mismo sucede en las discusiones de mujeres; hasta entonces nos habíamos esforzado por calmar a las señoras, pero esto no servía sino para enfurecerlas más; nos vimos arrastrados en la cuestión; el caballero de al lado me trató de idiota, y yo le califiqué de «rastacuero»; revolotearon los epítetos; con ademán simultáneo nos tiramos los platos a la cabeza; yo le obsequié con un cangrejo a la americana; él me envió mollejas de ternera; nos separaron; cambiamos las tarjetas, y luego nos plantaron a los cinco en la calle. Al día siguiente nuestros testigos poníanse a trabajar; mi adversario, un tal Gómez Ocervo, español, exigió la espada. Esto es muy desagradable para mí, porque no sé coger un florete. ¡Me bato mañana, y seré incapaz de defenderme...!

EUSTAQUIO.—¡Creo conocer a su adversario...! ¡Calle...! ¡Ocervo...! ¡Pertenece a la sala Massena...! ¡Es un tipo muy bragado...!

EL VIZCONDE (inquieto).—¿De veras?

EUSTAQUIO.—Si es el Ocervo que yo me imagino, le vencerá desde el primer encuentro... En fin, tranquilícese... Yo me las apañaré para que no resulte mas que herido. ¿Dónde se bate usted...?

EL SEÑOR SHARP.—En el Parque de los Príncipes, en el barrio de los exploradores, a las once.