EL VIZCONDE.—Yo pensaba que nadie se batía en tiempo de guerra.
EUSTAQUIO.—¡Sí! Pero se ha levantado el estado de sitio y el duelo no es ya contrario a las leyes del honor.
EL VIZCONDE.—No es que tenga miedo; pero yo había contado con un breve aplazamiento a fin de adiestrarme.
EUSTAQUIO.—Voy a enseñarle a ponerse en guardia. Si sigue usted bien mis consejos, no arriesgará gran cosa. Póngase este peto y tome esta careta; aquí tiene una manopla parecida a la que usará usted sobre el terreno; coloque su brazo en tal forma que su espada sea como una prolongación de su antebrazo. ¡Esté así, inmóvil! ¡No deje que su hoja se separe de la línea...! Usted tiene un brazo bastante sólido y no debe hacer mas que recobrar inmediatamente su posición. Ahora voy a ensayar las principales estocadas que se intentan sobre el terreno; su adversario es muy fuerte y no arriesgará combinaciones complicadas: rectas, fondos, envolvimientos, una y dos... Conteste sin descubrirse. Cuando advierta que va a venir la estocada, salte hacia atrás.
EL VIZCONDE.—Pero ¿y si no advierto que viene?
EUSTAQUIO.—¡Oh! ¡Es cuestión de intuición...! Si hubiera tenido más tiempo, le hubiese enseñado a replicar inmediatamente. ¡Nada como esto para desconcertar a un adversario...!
EL VIZCONDE.—De todas maneras, mi querido maestro, si escapo de ésta vendré a perfeccionarme en su arte.
EUSTAQUIO (tranquilo).—¡Cuento con ello! ¡Cuidado! ¡Voy a atacarle...!
EL VIZCONDE (saltando muchos metros atrás).—¡Caramba...!
EUSTAQUIO (persiguiéndole).—¡Muy bien! ¡Pero no se vaya tan lejos...!