La lección continúa; al cabo de una hora, el vizconde casi sabe ponerse en guardia con la espada; el maestro le garantiza que no hará mal papel, le aconseja que se acueste temprano y que duerma y le vende un par de espadas de combate con la cazoleta reglamentaria. El vizconde se marcha seguido del señor Sharp; diez minutos después de esta visita, el maestro recibe otra: el comandante Prune le trae a un caballero moreno, de tez olivácea, que tampoco parece muy tranquilo.

PRUNE (cabeza de viejo militar retirado).—¡Salud, mi querido Bouteloup! Le traigo a mi amigo el señor Gómez Ocervo, que tiene mañana una cuestión de honor. Gómez: el señor maestro Bouteloup, cuyo elogio le he hecho!

GÓMEZ.—¡Celebro mucho conocerle, maestro!

EUSTAQUIO (que ha pasado ya de la edad de los asombros).—¿Es usted pariente del esgrimidor?

GÓMEZ.—¡De ninguna manera! No somos de la misma familia. ¡Además, yo no sé ni coger una espada...!

EUSTAQUIO.—¡Bah! Ya le enseñaré a ponerse en guardia. No lo matarán. Apenas le herirán levemente. ¡Y esto es lo esencial!

PRUNE (principiando un discurso).—Mi amigo riñó ayer con un borracho...

EUSTAQUIO.—¡Sí, sí! ¡Ya lo sé...! ¡En el cabaret de Lutecia...!

PRUNE.—¿Cómo se ha enterado usted...?

EUSTAQUIO.—En mi sala se está al corriente de todas las cuestiones de honor. Este caballero se bate mañana, a las once, en el Parque de los Príncipes, ¿no es cierto?