GÓMEZ.—¡Efectivamente! ¡Está usted bien informado!
EUSTAQUIO.—No tiene usted tiempo que perder. ¡Póngase este peto...! (Le da el mismo peto que acaba de dejar el vizconde.) ¡Cúbrase con esta careta! ¡Aquí tiene una manopla parecida a la que usará usted mañana! ¡Ya está...! Colóquese de forma que su antebrazo sea como una prolongación de su espada... Etcétera..., etcétera...
Reprodúcese la lección lo mismo que ya la conocemos; el maestro aconseja a su neófito que no se mueva, que salte nada atrás y así sucesivamente; Gómez se despide de su profesor, después de haber comprado un par de espadas de combate y la manopla.
EUSTAQUIO.—Será muy extraño que mañana por la mañana se hagan daño alguno. De todas formas, iré a ver el duelo, porque me parece que no se aburrirá uno allí.
Llegan los discípulos y se ponen al corriente del acontecimiento.
Al otro día por la mañana, en el barrio de los exploradores, los cuatro testigos y los dos adversarios se encuentran; saludos ceremoniosos; mientras los duelistas se van, cada uno a su cabina, para ponerse la obligatoria camisa sin almidonar, el director del combate, el célebre Julio, gran campeón de espada, charla con los testigos; mídese el suelo a grandes zancadas; juéganse los puestos a cara o cruz; los chauffeurs de las dos limosinas que han conducido a los dos grupos han trepado al techo de las cabinas, a fin de asistir al juicio de Dios. Cada uno de ellos se pone de parte de su patrón, aunque ambos son de alquiler.
EL PRIMER «CHAUFFEUR».—¡Qué aire más ridículo tiene tu cliente...! ¡Apenas puede mantenerse en pie...!
EL SEGUNDO «CHAUFFEUR».—¡Tu cliente sí que parece ridículo...! ¡Seguramente está temblando!
EL PRIMER «CHAUFFEUR».—¡Mi cliente es todo un hombre! ¡Se va a comer al tuyo como si fuera un mostachón...! ¡Y sin beber siquiera...!
EL SEGUNDO «CHAUFFEUR».—¡Quita de ahí, hombre ¡El mío es todo nervios! ¡Os podremos! ¡Te lo aseguro...! ¡Eso es viejo!