EL PRIMER «CHAUFFEUR».—¡Tú no calles...! ¡Pero ya verás...!

Continúa la discusión entre estos caballeros; están a punto de venir a las manos; pero he aquí que llegan los periodistas, el operador del cinematógrafo, los fotógrafos, el maestro Bouteloup, los parientes y los amigos de cada combatiente; aquello se llena de gente; se desinfectan las espadas quemándolas en una palangana; los dos médicos, que proceden a esta delicada operación, parecen hacer un ponche; ambos duelistas, en camisa, se mantienen aparte; el guarda del barrio se acerca al vizconde y le habla.

EL GUARDA.—Caballero: ¡hoy es día de aniversario...!

EL VIZCONDE (encantado de encontrarse con un interlocutor).—¿De veras? ¿Y qué aniversario es?

EL GUARDA.—Hoy hace seis años, justos y cabales, que el príncipe Monsousoff fué muerto en desafío en este mismo sitio.

EL VIZCONDE (sonriendo débilmente).—¡Espero que esto no será contagioso!

EL GUARDA.—¿Quién es capaz de saberlo...? ¡Se da tan pronto una grave estocada! ¡Pobre príncipe...! ¡Lo vuelvo a ver cayendo bañado en su sangre! ¡Mire! Fué a morir allí, en la cabina, donde usted se ha vestido...

EL VIZCONDE (verduzco).—¡Oh! ¡No soy supersticioso...!

Los testigos ponen fin a esta agradable conversación; los adversarios son conducidos a sus sitios; aquéllos hácense un poco atrás; el famoso Julio pronuncia la palabra sacramental: «¡Adelante, caballeros!» De común acuerdo, siguiendo las enseñanzas del maestro, ambos combatientes dan un brinco hacia atrás; ligera emoción en la concurrencia; pausa; de esta guisa podrían permanecer mucho tiempo; Julio toma la resolución de conducir otra vez a estos caballeros a su punto de partida; los enemigos se observan, rígido el brazo, sin moverse; el operador del cine da vueltas a su manivela. ¡Esto no formará un conjunto excelente! Así se pasa el tiempo del encuentro; luego son separados los adversarios; sus testigos van a confortarlos, en tanto que los doctores se dedican al masaje del antebrazo.

SHARP (a su apadrinado).—¡Muy bien! ¡Ha estado usted estupendo! Pero ¿por qué no intenta usted un pequeño ataque?