TALMA.—¡La señorita Daw es más que una discípula...! ¡Es una emanación de mi genio...! ¡Hágame el favor de sentarse, señorita Loudon...! ¡Y explíqueme lo que la trae por aquí...! ¡Estoy a su disposición...!
Juega con un monóculo que le servía antiguamente en sus papeles de galán joven.
JESSY.—Se trata, maestro, de pedir a usted unas lecciones y...
TALMA (interrumpiéndola con un noble ademán).—¡Un instante...! ¿Tiene usted vocación, hija mía...?
JESSY (turbada).—¡No lo sé...! ¡A usted le toca decírmelo...!
TALMA.—Somete usted mi conciencia a una dura prueba. ¡Sepa usted que yo tengo el respeto de mi arte...! Antes de alcanzar la celebridad conocí horas dolorosas. ¡Llegué hasta a dudar de mi porvenir...! ¡Pasé por pruebas de incertidumbre, donde otros hubieran zozobrado...! Preguntábame yo mismo si poseía lo que hace al artista, si tenía derecho a imponerme a la admiración de las multitudes... ¿Ha sentido usted, señorita, estas angustias...?
JESSY (sincera).—¡No, maestro...!
TALMA.—¡Pues la envidio...! Usted ignora los atroces dolores que templan al artista. Yo, aquí donde usted me ve, estuve a punto de sucumbir a ellos. ¡Un poco más, y hubiera renunciado al teatro para entrar en la Compañía de Suez...! ¡La suerte quiso que fracasara en el examen! ¡Torné al arte sublime del comediante! Dios me había indicado mi camino y lo escuché. Entré en el Conservatorio.
JESSY.—¡Qué suerte tuvo usted...!
TALMA (ofendido).—No fué suerte, como usted dice. Me había impuesto al Jurado. Ellos no me habían comprendido, sino soportado; yo llevaba a esa vieja casona un espíritu nuevo, una ardiente sensibilidad, que maravillaron a mis profesores. Obtuve el primer premio de Comedia y de Tragedia; los subvencionados se asustaron; no se atrevieron a soltarme en el repertorio. Yo dominaba el teatro desde muy alto; por esta causa me consagré al sacerdocio. Yo, señorita, no soy un simple profesor, sino un sacerdote... Llevo cincuenta francos por lección; pero enseño, con los preceptos del arte, el respeto al arte. Mi divisa es «Todo por el arte puro». Añado que se me pagan por adelantado cuatro lecciones; pero esto es a título de señal. ¡Si usted no tiene condiciones, rechazaré con horror sus doscientos francos...!