JESSY (tímida).—¡No se trata de dinero, maestro...! ¡Estoy dispuesta a pagar cien francos por lección...!
TALMA (suavizado).—Estos sentimientos la honran, señora. No tendrá usted por qué arrepentirse. Permítame que la mire...! Tiene usted un buen físico. ¿Qué edad...?
JESSY (moneando).—¡Dios mío...! Podría mentir a usted y decirle la edad que aparento: veintiún años. En realidad, tengo veinticuatro.
TALMA.—¡Sí! ¡Total, veintiocho...! Si usted se presenta en el Conservatorio, pondremos en la hoja de admisión diez y nueve años. No proteste; se trata de una antigua costumbre administrativa.
JESSY.—¡Pero protestará mi partida de nacimiento...!
TALMA.—¡Qué cosas tiene usted...! ¡Si todas las partidas de nacimiento de las actrices protestaran, no sería posible entenderse...! Están pintadas, por espíritu de cuerpo. Y para una cómica constituye hasta una ventaja el pasar por el Conservatorio, porque se rejuvenece en él cinco, ocho y aun diez años.
JESSY (alegre).—¡Caramba...! ¡No había pensado en esto...!
TALMA.—No es posible pensar en todo. La comedia es una fuente de juventud. ¿Se llama usted Jessy Loudon?
JESSY (ingenua).—Ese es mi nombre de guerra... de guerra contra los hombres... Yo me llamo verdaderamente Josefina Branchu.
TALMA.—En lo sucesivo, hija mía, se llamará usted Rachel Mars.