JESSY (confusa).—El nombre no es, por lo visto, moco de pavo.
TALMA.—Para una artista, el nombre es la cuarta parte del éxito. Ya sabe que me intereso mucho por usted. Adivino que posee usted dotes naturales. Usted ha sido arrastrada al teatro por una de esas vocaciones irresistibles...
JESSY.—¡Quia! ¡No! ¡De ninguna manera...! A mí no me gusta el teatro... ¡No me agrada mas que el cinematógrafo...!
TALMA (sofocado).—¡Qué blasfemia...!
JESSY.—Hasta puedo confesarle a usted que el teatro me disgustaba cuando era muchacha honrada... ¡Hace ya mucho tiempo...!
TALMA (curioso).—¡Ah! ¿De manera que usted no es ya...? (Se acerca.)
JESSY.—¡Claro que no lo soy...! ¡Comprenderá usted que salgo ya sin mi nodriza...! ¡Y que no he ganado estas perlas cosiendo a máquina...!
TALMA.—¡Lo adivino! Usted es hija de un consejero de Estado arruinado por las especulaciones.
JESSY.—Yo soy hija de mis obras, de mis obras vivas. Mamá tiene un cuarto amueblado en Montparnasse...
TALMA (molesto).—¡Chist...! ¡Chist...! ¡Nada de escándalos...! ¿Eh?