JESSY.—¡Oh! ¡Mamá es muy correcta...! ¡Nunca se llevó mal con las buenas costumbres...! Yo también era correctísima. Poseo todos mis certificados y hubiera podido ser institutriz, como Blanquita... ¿Sabe usted a qué Blanquita me refiero...?

TALMA.—A la heroína del señor Brieux. Le aconsejo a usted la escena del acto tercero.

JESSY.—Ya es demasiado tarde. Entré en las Galerías Wilson, donde alcancé un gran éxito como maniquí. Exhibía durante el día hermosos vestidos. Y le advierto que soy una plástica estupenda. ¡Puede usted creerlo...!

TALMA.—¡Lo creo...! (Se sigue acercando.)

JESSY.—Era muy dichosa; pero no lo sabía, y por eso me juzgaba muy desdichada. Presentóse un buen negocio: el señor Sautriot, el confeccionador al por mayor, un hombre por el estilo de usted, un poco gastado, pero muy cortés. Ofrecióme una buena posición.

TALMA (descorazonado).—¡Ah, miserable...!

JESSY.—¿El...? ¡Es la flor y nata de los hombres...! Me dió a escape todo lo que quería, y además me daba de propina lo que no quería. Me entrega dinero en forma de renta vitalicia.

TALMA (sin comprenderla).—Procura hacerse perdonar su edad...

JESSY (impaciente).—¡No me entiende usted...! Al hablar así quiero decir que me asegura mi porvenir. No es viejo. Apenas tiene cuarenta años. ¡Es más joven que usted...!

TALMA (vejado).—¡Usted dispense! ¡Yo tengo...!