JESSY.—Usted tiene cuarenta y cinco años. He comprobado su edad en la lista de los premiados del Conservatorio. Ahora bien; con arreglo a su teoría, esto equivale a...
TALMA (evasivo).—¡Dejemos eso a un lado...!
JESSY.—¡Como usted guste...! Entonces se produjo en mi vida un fenómeno inverso: creíame dichosa, puesto que lo tenía todo, y en realidad era muy desdichada. ¡Me aburría con un aburrimiento de más de cien francos por hora...! Siguióse a esto que el señor Sautriot se aburrió viendo que yo me aburría. Me compró un aparato fotográfico perfeccionado, útiles de pirograbado, una caja de colores, las últimas novelas y los juegos de sociedad. ¡Todo en vano...! Me pagó vestidos para distraerme. Me ofreció lecciones de piano. ¡Todo me fastidiaba...! Una noche, al desnudarme delante de él, exclamó: «¡Qué piernas tan bonitas tienes, querida mía...!»
TALMA (ofuscado).—¡Por Dios, señorita...!
JESSY.—¡Dispénseme usted, maestro...! El exclamó: «¡Qué piernas tan bonitas tienes...! Con unas piernas semejantes, ¿no se te ocurrió nunca hacerte del teatro...?»
TALMA.—¿Y usted se negó...?
JESSY.—¡Ni soñarlo...! Sentí que la vocación se adueñaba de mí, que iba a tener al fin algo que me interesara en la vida, que Dios me señalaba el camino que había de seguir... ¡Dios me había concedido unas piernas lindas...! Era para que se las enseñara a todos los amigos del señor Sautriot y para que el señor Sautriot se enorgulleciera de ello. De esta manera satisfacía mi deseo de actividad y la vanagloria del señor Sautriot. Mi amigo se hubiera desconsolado si yo lo hubiese engañado con un aviador, o con cualquier otro objeto de primera necesidad. Pero sentíase ufano de que lo engañase con el público.
TALMA.—¡Exactísimo...! Ha definido usted la seducción que las mujeres de teatro ejercen sobre sus amantes ricos.
JESSY.—Sautriot mostróse encantado. Fué a recomendarme a la señora Grattemimi, directora de las Locuras Medianas. ¡Esto debió costarle mucho...!
TALMA.—¿Supone usted que esa dama le pediría dinero...?