JESSY.—¡Déjeme continuar...! Esto debió costarle mucho trabajo, porque a él no le gustaba relacionarse con la gente de teatro. Es un negociante apacible y un hombre casado, que no tiene gran interés en encanallarse... Hizo que me contrataran; fuí a ver con él a la directora, una verdadera mujer de mundo, en toda la extensión de la palabra. Nos recibió muy amablemente y me dijo: «Usted, amiguita, hará una Gran Coqueta. ¡Lo veo desde la primera ojeada...!» En seguida me rogó muy discretamente que le enseñara mis piernas y me firmó un contrato; en la primera revista, que está en ensayo, debo representar a la hija de Jefté, al Pudor y a la Verdad. He visto los trajes, que son preciosos. Si los reuniera usted pedazo por pedazo, no conseguiría hacer con ellos un vestido de mujer honrada.

TALMA.—¿Y acepta usted esto...?

JESSY.—¡No se disguste usted...! Tendré que aceptar cosas peores. Después de todo, las mujeres honradas se desnudan de día y yo me desnudaré de noche. Unicamente nos diferenciará la diversidad de público. Yo no amo a nadie; por esta causa estoy resuelta a acostarme con todo el mundo. No aportaré vicio alguno con la ejecución de este programa. Me acostaré con los autores, con los principales intérpretes, con el administrador, con el apuntador, con los tramoyistas y hasta con el amante de la señora directora; me acostaré con el comanditario, con el vendedor de programas, con el consejero municipal del barrio, con el diputado del distrito y, si es preciso, con el ministro. Me acostaré, en fin, con el más alto magistrado del Estado, si éste tiene tiempo y deseos de hacerlo. Cuando una mujer abraza una carrera, conviene que abrace también a todos los que pueden facilitarle el acceso a la misma. Esto no me impedirá que entre en la Comedia Francesa, si se me antoja. ¡Por el contrario...! ¡Me ayudará a conseguirlo...!

TALMA (indignado).—¡Está usted hiriendo mis convicciones, señora...!

JESSY.—¡Sus convicciones...! ¡Se las compro...! Mire: tome cien sueldos y devuélvame cinco francos... ¿Cree todavía en la nobleza del arte, usted que nunca tuvo mas que sinsabores? ¿Cree usted en el talento y en el genio? Si yo tuviera la nariz ladeada o la pierna torcida, cambiaría la faz del mundo, al menos para el señor Sautriot, y yo no figuraría en la compañía de la señora Grattemimi.

TALMA.—Está usted pisoteando mis ideas más queridas. Sin embargo, siento en usted una personalidad rebelde. Quiero convertirla a la religión del arte puro. (Se acerca.)

JESSY.—¡Demasiado veo adónde va usted a parar...! Cuando un hombre me habla de arte, acaba siempre por...

TALMA.—¿Qué se figura usted...? Quiero que usted se eleve hasta estas cumbres desde las que se contemplan las ideas generales y donde no se experimenta ningún sentimiento ruin. Para interpretar a los genios, a Corneille, a Molière, a Racine, hay que hacerse un alma semejante a la suya; hay que pasar su corazón por el autoclave del sufrimiento; hay que caminar con pies desnudos por los senderos cubiertos con las espinas de la envidia y con las ortigas de la maledicencia.

JESSY.—¡Qué ocurrencias tan graciosas las suyas...! ¡No tengo los pies hechos a eso...!

TALMA (cogiéndole una mano).—¡Yo la ayudaré, hija mía...!