Se dirige hacia el diván y se quita el corsé.
—¡Ea...! Vamos a elevar nuestra alma...
Talma no se lo hace repetir. Adivínase la continuación. Al cabo de unos cuantos minutos, Jessy se levanta tan tranquila como si acabara de cumplir una pequeña formalidad administrativa. Se pone su capa y se da unos pocos polvos en la nariz y en las mejillas, en tanto que el querido maestro restablece la buena disposición de su peinado. Breve silencio. Jessy se toca nuevamente con su sombrero; luego, algo turbada, registra en su bolso y saca dos billetes de cien francos, que alarga a su profesor.
TALMA (rechazando los billetes).—¿Por qué me ofrece usted este dinero...?
JESSY.—¡Caramba...! ¡Es el precio del abono... para la lección...!
TALMA (digno).—¿Por quién me toma usted...? ¡Soy un caballero, señora...! Después de lo ocurrido entre nosotros yo no puedo recibir la menor cantidad de usted...
JESSY (asombrada y encantada).—¡Bueno...!
TALMA.—¡Por lo menos, hoy...! ¡Ya me pagará a fin de mes...! ¡La señora Talma le pasará el recibo...!