LA SEÑORA BOUZINE.—Yo también decía eso... ¡Y ya ves a lo que he venido a parar...!

LEA (riendo).—¡Ay, mamá...! ¿Es que vas a seguir también el curso Terpsy...?

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Por qué no...? Algunas más gruesas que yo lo siguen. ¡Ahí tienes a la señora Gimblon...! ¡Era más recia que yo, y ha adelgazado diez kilos...!

LEA (riendo).—¡Y a consecuencia de esto, hasta se le ha desviado un riñón...! ¡Yo no quiero tener un riñón fuera de su lugar...!

LA SEÑORA BOUZINE (severa).—¡Lo que está fuera de lugar, hija mía, son tus observaciones...!

Detiénese la música entre bastidores. Aparece la señorita Terpsy. Es una mujer alta, de cuarenta años, con rasgos un poco cansados, pero muy regulares. Está vestida con una especie de peplo grisáceo, que cubre un traje de malla de color de carne; piernas y brazos desnudos, pies calzados con sandalias entrelazadas; el peinado rojo de la señorita Terpsy está sujeto con bandeletas de oro. Adivínase un cuerpo espléndido, sobre el cual el peplo forma pliegues de una perfecta armonía.

TERPSY (indicando unas sillas).—¡Tengan la bondad de sentarse, señoras...!

Ella se adjudica un sillón de forma griega; actitud de Tanagra. Las visitantes están maravilladas.

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Es usted la señora Terpsy? Yo soy amiga de la señora Gimblon.

TERPSY (inmóvil).—¡Ah...! ¡Ya...! ¡De mi Diez-kilos...!