LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué dice usted...?
TERPSY.—¡Le quité diez kilos en un mes...!
LA SEÑORA BOUZINE.—¡Ya me lo contó...! ¡Ahora ya puede agacharse!
TERPSY.—¡Esto no es mas que el principio...! La estoy retrasando un poco a causa de los senos...[1].
LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué designios...?
TERPSY.—¡Hablo del pecho...! Cuando se adelgaza demasiado de prisa, el pecho cae... ¡Y no conviene...!
LEA (curiosa).—¿De manera que los senos de la señora Gimblon...?
TERPSY.—¡Marchan muy bien, gracias a Dios...! Pero... ¿cómo decirlo...? ¡Sentían vértigos...! ¡Dejábanse caer en... la tentación...! Yo dije a la señora Gimblon: «Hay que someterse al masaje, y cuando ellos no tengan ya vacilaciones volverá usted y la dedicaré a la pírrica...»
LA SEÑORA BOUZINE.—¿Y qué es eso...?
TERPSY.—La danza guerrera... Usted desconoce todavía mi enseñanza: la danza clásica en todas sus manifestaciones. ¡No hay ejercicio mejor...! ¡Desde luego aquí no aprenderá usted el tango...!